Primero nos creemos que Sherlok Holmes es
sólo un personaje infalible cubierto por un abrigo de cuadros,
una gorra a juego y que va por ahí con una enorme lupa y una
cachimba humeante, acompañado de un gordo y bonachón doctor que
sabe menos de medicina que de escribir relatos policíacos. Si
después comenzamos a escarbar un poco descubrimos que es mucho
más que un detective. Alguien que levantó la admiración de
miles de lectores desde que el joven doctor Conan Doyle decidiese
ganarse algunas libras escribiendo las aventuras de un detective
que siguiese los pasos del Auguste Dupin de Allan Poe, punto de
partida de nuestro querido Maestro. Primero en el teatro,
después en el cine y la televisión, ese personaje nacido como
una criatura menor de Sir Arthur Conan Doyle, ha sabido imponer
su fuerza y estilo. Esta página es fruto de nuestro amor por él
y un pequeño homenaje a aquellos que prestaron su rostro para
hacérnoslo más íntimo y cercano. Cuando la pluma de Conan
Doyle dio a luz a nuestro inquilino del 221- B de Baker Street,
la burlona sonrisa de Sherlock Holmes le anunció que desde ese
momento cobraba vida propia y e iba a vivirla de modo
independiente. Tomó el violín, su manojo de pipas de arcilla y
brezo, la colección de recortes y papelotes, el banco de
química y con la zapatilla persa bajo el brazo, le echó el ojo
a un agradable apartamento. El resto ya es otra historia.